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viernes, 4 de enero de 2013

El desgaste de Nadal

Rafa Nadal, entrenando junto a su tío Toni.

Desde que Rafael Nadal sumara su séptimo Roland Garros, la carrera del mallorquín ha estado salpicada de infortunios y problemas, y a la vez de un gran desgaste. Después de perderse toda la segunda parte del año por lesión, cuesta saber cuando podrá volver a su nivel y a pelearse en las pistas con Djokovic, Federer, Murray y Ferrer. El anuncio de su baja para el Open de Australia (14 al 27 de enero, en Melbourne), además de toda la gira asiática, tras aducir un proceso vírico que ha complicado su puesta a punto, abre un nuevo interrogante sobre la recuperación del ídolo español. Uno más a las dificultades que presenta su vuelta al circuito y la presión que tendrá  para recuperar el terreno perdido.

La prudencia y cautela de Nadal hablan por sí solas de la carga anímica que está obligado a soportar cuando vuelva a pisar una pista en un torneo oficial. Ahora se programa para Acapulco, en el inicio suramericano de la temporada de tierra. La realidad es que no hay prisas, y el exnúmero uno del mundo debe volver cuando se encuentre realmente bien, y en condiciones de dar el máximo. Esa es la mejor estrategia y planificación posible, porque todo lo contrario supone un desafío innecesario, cuando por el camino son inevitables los tropiezos, y más en el exigente mundo del tenis. Y ya se sabe que las derrotas abren el negro proceso de las críticas y la inseguridad.

Quienes están cerca de Nadal confirman que no le obsesiona volver a ser el número uno, pero que sí se exige a sí mismo recuperar el nivel de juego sobre arcilla, con el que ha llegado a lo más alto y a ganar siete Roland Garros. Ese nivel depende directamente de que su físico esté en plenitud y que lo consiga o no dependerá de sus rodillas. Todos los controles médicos auguran a Nadal una necesaria protección para la segunda parte de su carrera. Para calibrar la enorme exigencia del circuito profesional, entre viajes y torneos encadenados, sólo hay que mirar el cuadro de los 50 mejores de la ATP, donde los jóvenes más prometedores no logran la regularidad necesaria para asentarse y tomar el relevo.


Uno de los mejores entre las promesas es el australiano de origen croata Bernard Tomic, de 20 años, que no cierra el año entre los 50 mejores jugadores del circuito. Aunque ha ofrecido destellos de su gran calidad durante el 2012, está teniendo muchos problemas para asimilar el desgaste y confirmar en las pistas las grandes expectativas que despierta su tenis. Es lo mismo que le ocurre a otros jóvenes talentos, que han destacado mucho como júniors --es el caso del búlgaro Grigor Dimitrov (21 años y 48ª del mundo) o del estadounidense Ryan Harrison (20 años y 62º)--, pero incapaces todavía de discutirles las plazas y desbancar a la generación de los 80). Las raquetas más prometedoras no pueden todavía con la fuerza mental de los grandes consagrados, que resisten, como Nadal, Federer o el ejemplar David Ferrer, gracias a enormes sacrificios y a exprimir el valor de la experiencia y la madurez. Pero también, como ahora se ve en Nadal, a una calculada y metódica vigilancia médica del desgaste de su cuerpo para defender los privilegiados puestos del ranking. 

Publicado en www.diariogol.com

lunes, 11 de junio de 2012

El modélico campeón


La pasión por su oficio y el amor por el tenis conforman el secreto de Rafa Nadal. El día que ha sumado su séptimo Roland Garros para entrar en la leyenda, batiendo el histórico récord de Bjorn Borg, hay que admirar, más que nunca, la capacidad del mallorquín para conservar intacto el espíritu de lucha . El que ya es uno de los mejores deportistas españoles de todos los tiempos se significa como ningún otro como un ejemplo de sacrificio, motivación y humildad, sabiendo preservar la erosión y el cansancio de estar siempre en primera línea. La privilegiada capacidad de superación de Nadal es su verdadero y excepcional talento, como el de Federer es la técnica y el de Djokovic es su fortaleza mental. Siempre el talento y la destreza van juntos, y también en el deporte. Y Nadal no sería el que es sin esa capacidad para trabajar realmente duro en cualquier situación, favorable o adversa, para intentar ser un poco mejor todos los días y aprender de los errores.

Nadal ya tiene más títulos de Roland Garros que nadie en la historia, y más victorias en París que Borg (52 por 49), la referencia de siempre. Posee ya 50 títlulos y el mismo número de victorias en Grand Slam (11) que el mítico  jugador sueco,  ya sólo superado por tres de los grandes mitos de la raqueta: Federer (16), el estadounidense Sampras (14) y el australiano Emerson (12). Ha logrado ser uno de los grandes nombres de la historia del tenis, pero lo increíble es ver que, recién cumplidos los 26 años, a Nadal no se le atisba un final a su ambición, ni tampoco parece que acuse el precio de la fama, el desgaste de los viajes o la autocomplacencia que muchas veces escribe el principio del abandono.

Nadal es el campeón modélico porque su virtuosismo va ligado a su esfuerzo, coraje y voluntad. Sabe, como los grandes pianistas, que sólo repitiendo escalas miles de veces se puede llegar a obtener y compartir después el inmenso placer de la música. Por eso Rafa sigue ilusionado como una promesa, repitiendo mecánicamente todos sus golpes en los entrenamientos, machacándose con su raqueta buscando la perfección, para poder vivir momentos tan sublimes como el de ayer en París.

martes, 5 de junio de 2012

La llama de Djokovic


La capacidad de resistencia de Novak Djokovic parece ilimitada. Es el signo de distinción del número uno del mundo, más rocoso, fuerte y osado que sus rivales en los puntos más decisivos. Para tumbar a ‘Nole’ no basta un buen tenis, como lo ha hecho hoy el francés Tsonga y antes lo hizo el italiano Seppi. Son necesarios otros aspectos mentales, la concentración, el pundonor, la rabia y el coraje llevados al límite.

Así ha vuelto a resistir Djokovic en París, aunque esté  jugando por debajo del estratosférico nivel del año pasado. A punto de caer, con cuatro bolas de ‘match ball’ en una encendida pista Phillipe Chatrier que empujaba decididamente a Tsonga, el serbio ha renacido con sus mejores golpes, agarrado a la convicción de los campeones, con un poder de intimidación que sólo tienen los elegidos.  Sobreviviendo a una pelea sin límites, Djokovic se ha acabado imponiendo en cuatro horas y 10 minutos a un Tsonga abatido, que no ha resisitido la entereza de su rival (6-1, 5-7, 5-7, 7-6 (6) y 6-1). El quinto set ya ha sido un paseo para el número uno, alargando así  la maldición que persigue a Francia en su Roland Garros. Nunca como hoy ha estado tan cerca, pero desde 1983, cuando ganó Noah, no hay forma de que un tenista francés se encumbre a lo más alto.

Se prepara otra enorme semifinal, Djokovic-Federer, quien también ha vivido su particular suplicio de cinco sets frente al argentino Del Potro. Es uno de los partidos esperados y el mejor escenario posible para examinar, de nuevo, hasta dónde puede llegar la fuerza mental del número uno, que ya no controla sus nervios como hace meses. Djokovic se muestra, de nuevo, humano. Grita, exclama y expulsa sus demonios como no hizo en su espectacular 2011, sus restos ya no son tan demoledores, ni la potencia de su ‘drive’ lleva a los rincones con la fuerza y precisión de antes. Es un ‘Nole’ con puntos débiles, pero que conserva la llama que le coronó como número uno: una invulnerable confianza y el coraje de morir en cada golpe.